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Cueva del Mirador

Por Josep María Vergès / EIA

La cueva de El Mirador se abre en la vertiente más meridional de la sierra de Atapuerca, dominando el valle medio del río Arlanzón y las primeras estribaciones de la sierra de la Demanda. Espaciosa, orientada al sur y con un amplio control visual sobre el territorio circundante, característica a la que debe su nombre, se postula como un óptimo lugar de hábitat para las comunidades humanas prehistóricas.

Las primeras ocupaciones documentadas se remontan a unos 13.500 años de antigüedad cuando grupos de cazadores-recolectores magdalenienses utilizaron la cavidad para establecer sus campamentos. Su presencia coincide con los últimos episodios de una fase de hundimiento de la bóveda de la cueva, dinámica que generó un depósito de más de 14 metros de potencia formado por enormes fragmentos de roca. Este fenómeno debió crear una enorme abertura al exterior, facilitando el acceso al interior y mejorando sus condiciones como lugar de habitación. Tras el paso de estos grupos, la cueva fue abandonada durante más de 5.000 años, convirtiéndose en guarida de lobos, los cuales aprovecharon las fisuras existentes entre los grandes bloques de caída de techo para establecer sus cubiles.

Hace unos 7.200 años, grupos de pastores y agricultores neolíticos irrumpieron en la submeseta Norte en busca de pastos y tierras de cultivo, colonizando rápidamente las fértiles tierras del valle del Arlanzón. Desde un primer momento la cueva de El Mirador fue escogida por estas comunidades para establecerse y guardar sus rebaños, ocupándose de forma reiterada a lo largo de todo el periodo neolítico.

Con la aparición de los primeros metales durante el periodo Calcolítico se produce un cambio en el uso de El Mirador: la cavidad deja de servir como hábitat y redil, para ser utilizada como cueva sepulcral. Las primeras inhumaciones, con una antigüedad alrededor de 4.700 años, se realizan en un sepulcro colectivo, donde se depositaron los cuerpos de más de 25 individuos acompañados de escasos y humildes ornamentos personales y ofrendas. Posteriormente, durante el Bronce inicial y medio, hace entre 4.400 y 3.700 años, las tumbas pasan a ser individuales, documentándose la práctica del canibalismo, probablemente de carácter ritual.

Por razones que desconocemos la cueva deja de ser usada con fines sepulcrales, recuperando, hace unos 3.600 años, su anterior uso como hábitat y redil. Así continua al menos durante el Bronce medio, hasta hace 3.200 años, momento en que la sucesión estratigráfica aparece cortada, probablemente a causa de extracciones de sedimento en épocas posteriores.

Muy posiblemente la cueva de El Mirador registró ocupaciones durante el Bronce final y la Edad del Hierro, tal y como apunta el hallazgo de algunos elementos de estas épocas fuera de contexto. Posteriormente, y hasta la época contemporánea, su uso se verá restringido a redil temporal y ocasional refugio de pastores.

El yacimiento de la cueva de El Mirador, con sus 6 metros de sucesión estratigráfica holocena, de enorme continuidad temporal (abarca desde las primeras evidencias de aparición del Neolítico en la región, hace 7.200 años, hasta finales del Bronce medio, hace 3.200 años), constituye una fuente de datos fundamental para el estudio de la implantación y desarrollo de la agricultura y la ganadería en el interior peninsular.

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