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(Pilar Fernández Colón)
(Jesús Rodríguez/CENIEH)

Contando calorías: un fósil y tres miradas

Octubre 2015

Ana Mateos Cachorro

Responsable del Grupo de Paleofisiología y Ecología del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH)

Todos sabemos contar calorías, pero sólo las que ingerimos con los alimentos. Desconocemos las que gastamos por estar vivos y por sobrevivir cada día. La energía marca las relaciones entre los organismos vivos y el medio donde se desarrollan, de ahí que resulte crucial para entender el comportamiento del mundo que nos rodea. La especie humana no escapa a esta ley y su fisiología marca también su complejo comportamiento. Funciones tan básicas como la reproducción, el desarrollo o la alimentación se ven sometidas por los ritmos metabólicos. Es por ello que nuestro presupuesto energético diario de entrada y salida de energía ha de permanecer en un buen balance, aunque no en todas las poblaciones humanas sea posible mantenerlo en positivo y en otras está terriblemente desequilibrado por el exceso de ingesta calórica y la inactividad física.

En el punto de mira. Un fósil y tres miradas

Según las leyes de la termodinámica, la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Aun así, podemos cuantificarla. Muchos investigadores siguen empleando ecuaciones predictivas para estimar el gasto energético en función del peso de los individuos, pero ahora contamos con dispositivos de calorimetría estandarizados, que vienen del mundo de la biomedicina y que son una buena herramienta para medir, en tiempo real, la energía gastada en nuestras actividades diarias. Estos métodos se conocen como procedimientos de energética experimental y están ampliamente aceptados en la investigación médica.

En evolución humana, desde hace unas décadas se viene trabajando en esta línea de investigación que podemos denominar paleobioenergía. El grupo de investigación de Paleofisiología y Ecología humana del CENIEH lleva ya algunos años trabajando estos enfoques para conocer los requerimientos energéticos de las especies humanas del Pleistoceno. Los fósiles pueden hablarnos de la anatomía, la morfología y la arquitectura corporal de los homininos a los que pertenecen, pero no responden a las preguntas sobre sus limitaciones metabólicas. Las nuevas vías de investigación abiertas a partir de la energética experimental sobre humanos actuales nos están permitiendo establecer sus parámetros energéticos en las actividades diarias propias de un cazador-recolector.

La simulación ha venido para quedarse

Como no podemos medir la energía que gastaba diariamente un humano del Pleistoceno, llevamos a cabo protocolos experimentales en humanos actuales, de los que, además, podemos caracterizar muy bien su patrón corporal que tanto influye en la energía consumida por nuestra maquinaria. Con estos datos, podemos configurar arquetipos humanos con unos requerimientos metabólicos específicos. Además, con la cantidad de datos que se generan en estas experimentaciones, el uso de simulaciones numéricas y modelos matemáticos nos ayuda a recrear las máquinas humanas del pasado. Gracias a estos "modelos humanos", hoy podemos refinar los modelos clásicos de ecuaciones predictivas establecidas para la población mundial y que han demostrado no ser muy fiables para las poblaciones pretéritas. Estas nuevas vías de simulación pueden considerarse como un experimento virtual a la hora de conocer la paleofisiología de nuestros ancestros, una gran desconocida en el Pleistoceno.

Resumen de la conferencia impartida por la investigadora Ana Mateos el pasado 9 julio en el auditorio de la Residencia Gil de Siloé de Burgos, en el marco del ciclo de conferencias “Atapuerca, novedades en la evolución”, organizado por la Dirección General del Instituto de la Juventud de Castilla y León, en colaboración con la Fundación Atapuerca. Este ciclo se realizó, por segundo año consecutivo, coincidiendo con la presencia del Equipo de Investigación de Atapuerca en la ciudad de Burgos, con ocasión de la campaña de excavaciones de los yacimientos de la sierra de Atapuerca.

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