Utilizamos cookies propias y de terceros para obtener datos estadísticos de la navegación de nuestros usuarios y mejorar nuestros servicios. Si acepta o continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Acepto | Más información
Juan Rofes lavando sedimento en el río Arlanzón durante la campaña de excavaciones de Atapuerca.Juan Rofes lavando sedimento en el río Arlanzón durante la campaña de excavaciones de Atapuerca. (Aitziber Suárez Bilbao)
Juan Rofes extrayendo microfósiles tras lavar el sedimento.Juan Rofes extrayendo microfósiles tras lavar el sedimento. (Raquel Moya Costa)

MUSARAÑAS: Venenos, pigmentos y recolonización posglacial

Mayo

El verano pasado, me pidieron que dictara una conferencia en el ciclo de charlas organizado por la Fundación Atapuerca en la residencia Gil de Siloé (Burgos) durante la campaña de excavación. Acepté encantado. ¿Cómo no elegir como tema de dicha conferencia a mis queridas y voraces bestezuelas, las musarañas? El nombre científico de las musarañas es “sorícidos” y al estudio de sus representantes fósiles en la sierra de Atapuerca durante el Pleistoceno inferior dediqué mi tesis doctoral, dirigida por mi colega y amiga Gloria Cuenca Bescós.

Uno de los rasgos más sorprendentes que detectamos en estos animales, en particular en dos especies de grandes dimensiones hoy extintas (Dolinasorex glyphodon y Beremendia fissidens), fue la presencia de unos diminutos canales en la cara interna de los incisivos inferiores. Tras mucho indagar y comparar, propusimos que la función de dichos canales era la inyección de saliva venenosa. Las musarañas tienen una dieta sobre todo basada en insectos y gusanos; su alto metabolismo les lleva a consumir hasta dos veces su peso al día. Algunas especies actuales, como la musaraña rabicorta norteamericana (Blarina brevicauda), se vuelven especialmente venenosas cuando el sustrato se empobrece, es decir, su saliva se vuelve tóxica durante el invierno, lo que les permite capturar presas que en algunos casos les doblan el tamaño. Asumimos un comportamiento similar para las musarañas fósiles de Atapuerca. Otro rasgo distintivo de las musarañas conocidas como “soricinos” es la presencia de compuestos de hierro en el esmalte de los dientes, lo que les confiere una tonalidad que va del anaranjado al rojo intenso en las cúspides de los dientes. Actualmente, en el marco de la tesis doctoral de Raquel Moya-Costa, estamos investigando las implicaciones biológicas y ambientales de dicho pigmento desde una perspectiva paleontológica y mineralógica. Todos estos estudios tan específicos y otros más generales, como la reconstrucción de paleoambientes, no serían posibles sin la ardua labor de lavado-tamizado y recolección que se realiza a orillas del río Arlanzón, donde, desde hace 25 años, se instala un laboratorio de campo (dirigido por Gloria) durante las campañas de excavación. El sedimento procedente de todos los yacimientos de la Sierra (unas 25 toneladas anuales) converge en este punto, donde nos encargamos de recuperar los valiosos restos de microvertebrados que han hecho posible (y lo siguen haciendo) innumerables descubrimientos.

Aparte de mi colaboración en el Proyecto de Atapuerca, y en el marco de un Proyecto Europeo Marie Curie de dos años (2014-16) que estuve coordinando, he estado investigando los procesos de recolonización de una serie de especies de musarañas en Europa noroccidental después del último máximo glacial (LGM en inglés): desde hace unos 16 mil años hasta el presente. Los primeros resultados, obtenidos para la especie Crocidura suaveolens (musaraña de campo), indican que estos sorícidos, propios de zonas cálidas, se refugiaron en la península Ibérica durante el LGM y desde allí recolonizaron el actual territorio de Francia hasta la zona de Bretaña, donde llegaron poco antes del Holoceno, que empieza hace unos 12 mil años. La subida del nivel del mar, provocada por el calentamiento global del Holoceno, separó del continente muchas de las actuales islas Atlánticas cercanas a la costa de Bretaña, y con ellas a sus respectivas poblaciones de musarañas de campo, que sufrieron una serie de cambios morfológicos para adaptarse a sus respectivos nuevos entornos. Estas poblaciones insulares junto con otras continentales, tanto modernas como arqueológicas, son las que hemos estudiado por medio de un enfoque morfo-geométrico para obtener nuestras conclusiones. Además, como logro complementario y en colaboración directa con colegas geoquímicos, hemos desarrollado una nueva técnica de datación radiocarbónica que permite datar de forma directa restos minúsculos (de pocos miligramos) de microvertebrados, lo que permitirá obtener resultados mucho más precisos.

Juan Rofes / Equipo de Investigación de Atapuerca. UMR 7209-CNRS, Museo Nacional de Historia Natural de París.

Resumen de la conferencia impartida por Juan Rofes, investigador del EIA en la Universidad La Sorbona y en el Museo Nacional de Historia Natural de París, el pasado 21 de julio de 2016 en el auditorio de la Residencia Gil de Siloé de Burgos, en el marco del ciclo “40 años del descubrimiento de la mandíbula de la Sima de los Huesos”, organizado por la Dirección General del Instituto de la Juventud de Castilla y León, en colaboración con la Fundación Atapuerca. El ciclo se realizó por tercer año consecutivo, coincidiendo con la presencia del Equipo de Investigación de Atapuerca en la ciudad de Burgos, con ocasión de la campaña de excavaciones en la sierra de Atapuerca.

© 2017 | Todos los derechos reservados | Política de Cookies | Política de Privacidad