La conservación y restauración en Atapuerca


Por Fundación Atapuerca

La sierra de Atapuerca es un lugar de referencia mundial para el estudio de la prehistoria y la evolución humana. El trabajo de un equipo investigador de primera línea, publicación tras publicación, implacablemente, va aportando valiosos datos sobre la vida de nuestros antepasados. Y en medio de tanta excelencia científica, algunas personas nos dedicamos a la conservación y restauración, a limpiar y a pegar piezas.

Nuestro trabajo no aclara si los humanos del pasado practicaron el canibalismo o si, ya hace 300.000 años, en esta sierra burgalesa cazaron bisontes de forma parecida a los indios norteamericanos. Tampoco estudia la evolución de las especies. Sin embargo, si muchos de los fósiles y herramientas de piedra no hubieran pasado por nuestras manos, esta reconstrucción del pasado no habría sido tan precisa.

Gran parte de las piezas llegan al laboratorio de restauración incluidas en un bloque de sedimento compacto del cual es muy complejo extraerlas, o llegan muy fragmentadas y se convierten en un auténtico puzle, o se desmoronan y pulverizan al tocarlas. Si no se restauran no pueden estudiarse o, sencillamente, no se sabe qué son. Tras la restauración, el trabajo continúa, porque hay que buscar también la mejor manera de que objetos y fósiles puedan ser presentados al público sin riesgos y que, además, se conserven en las mejores condiciones, para que en el futuro puedan volver a ser expuestos y estudiados. Por eso, las intervenciones de restauración no pueden hacerse sin conocer las consecuencias de las técnicas y productos con los que se interviene, porque tienen que ser inocuos, no pueden dejar residuos peligrosos y, en definitiva, tienen que diseñarse pensando también en los efectos a largo plazo.

Solemos oír que nuestra paciencia y nuestras manos son admirables, pero igual que la cirugía requiere algo más que buen pulso, restaurar no requiere solo “buenas manos”. Hay que conocer muy bien los materiales, su composición química, su comportamiento. Hay encontrar el equilibrio entre lo que es bueno para preservar la pieza y lo que es necesario para estudiarla. Y, sobre todo, a partir de estos conocimientos, hay que resolver casos específicos, tan variables que no pueden reducirse a un protocolo estándar de tratamiento. Durante la excavación, el trabajo tiene que ser rápido y eficaz. Después, en los centros de investigación, se prueban nuevas técnicas de limpieza, de consolidación, se estudian los tratamientos para introducir así las modificaciones necesarias. En definitiva, se investiga.

Atapuerca no solo tiene un gran equipo de investigación que nos brinda datos sobre nuestro pasado, también cuenta con un equipo de conservación y restauración que ayuda a que la lectura de ese pasado sea más nítida y, a la vez, contribuye a que el patrimonio material pueda legarse en buenas condiciones a las generaciones del futuro. Toda una responsabilidad que no solo está en buenas manos.

Lucía López – Polín - IPHES