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Una despensa de hace 400 mil años en Qesem Cave, Israel


La grasa animal constituye una fuente importante de nutrición y, como tal, ha atraído la atención de numerosos grupos humanos desde los tiempos prehistóricos más antiguos. La médula ósea en particular contiene unos niveles muy altos en ácidos grasos en comparación con resto de nutrientes que contiene la carcasa animal, y por ello ha sido un recurso especialmente buscado dentro de las tareas de procesamiento.

Las técnicas de extracción de médula dejan señales sobre los huesos que pueden ser identificadas arqueológicamente, como las muescas producidas por los impactos de percusión o las lascas óseas que se desprenden de este proceso. Sin embargo, una cuestión que siempre ha permanecido abierta es si la extracción de médula ósea está vinculada única y exclusivamente con su consumo inmediato. En este punto surge el estudio publicado en Science Advances por Ruth Blasco, del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), en colaboración con investigadores de la Universidad de Tel-Aviv, el Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES), la Universidad Rovira i Virgili, la Universidad de Lleida, la Universidad de Berna y el Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC). El objetivo de este estudio fue explorar si el almacenamiento deliberado de determinados huesos para consumo diferido de médula podría haber dejado alguna señal tafonómica reconocible en el registro arqueológico, así como estimar el tiempo de degradación nutricional bajo diferentes variables ambientales.

En las series experimentales se procesaron huesos con alto contenido medular (concretamente metápodos) en combinación con análisis químicos que valoraron la conservación de la médula encapsulada en estos huesos tras un periodo de exposición subaérea de hasta nueve semanas. A nivel microbiológico, estudios previos han demostrado que la cobertura ósea y la piel proporcionan protección contra microbios y bacterias tras un periodo de exposición prolongada de los huesos. Los nuevos resultados permitieron además aislar marcas concretas sobre la superficie ósea ligadas a la extracción de piel seca, así como determinar un bajo índice de degradación nutricional de la médula hasta aproximadamente la sexta semana de exposición, momento en el que la pérdida de nutrientes comienza su aceleración.

Los datos fueron aplicados al conjunto faunístico de Qesem Cave (420-200 mil años, Israel), el cual presenta un perfil esquelético sesgado en favor de los huesos con mayor contenido medular. La comparación de las marcas experimentales con las arqueológicas ha permitido plantear la posibilidad de un procesamiento secundario y, por tanto, un posible consumo diferido de médula en el caso de los metápodos de cérvido. El escenario que surge de este estudio plantea la emergencia de nuevos comportamientos que exigen cierta capacidad de planificación y previsión entre las poblaciones del Pleistoceno medio en Próximo Oriente. La acumulación deliberada de metápodos implica una preocupación anticipada por las necesidades futuras, y una capacidad de "desplazamiento temporal" que supera el "aquí y ahora" como forma de subsistencia.

Referencia bibliográfica:

Blasco, R., et al., 2019. Bone marrow storage and delayed consumption at Middle Pleistocene Qesem Cave, Israel (420 to 200 ka). Science Advances. Vol. 5, no. 10, eaav9822. DOI: https://doi.org/10.1126/sciadv.aav9822