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La geología de la sierra de Atapuerca. El legado de Agustin Larrazet


Por Josep M. Parés / CENIEH

El avance del conocimiento arqueológico en incontables yacimientos requiere una correcta comprensión del contexto geológico. Los ubicados en la sierra de Atapuerca son un vivo ejemplo de ello, y por este motivo el Equipo de Investigación de Atapuerca (EIA) ha contado con geólogos desde su inicio, cuyo cometido es desentrañar la historia que nos cuenta la Tierra. Sin embargo, una las primeras contribuciones a la estructura geológica general de la Sierra se debe a la tesis doctoral de un geólogo francés, Agustin Larrazet (1855-?), quien en ya 1896 propuso el concepto de anticlinal para describir esta zona burgalesa. Para situarnos en contexto, hay que referirnos al profesor Ernest Munier-Charmas (1843-1903), quien tenía un gran interés por la estratigrafía y en concreto en el Cretácico —a finales del siglo XIX existía un intenso debate sobre la definición del límite Jurásico-Cretácico. Munier-Charmas, que ejerció la mayor parte de su carrera profesional en la prestigiosa École Normale Supérieure (en castellano, la Escuela Normal Superior de París) y quien fuera presidente de la Sociedad Geológica de Francia, dirigió su atención hacia su país vecino, puesto que España ofrecía un enorme potencial en la estratigrafía del Cretácico. En 1891 Ernest Munier aceptó un puesto de profesor en La Sorbona, y comenzó entonces a impulsar estudiantes de doctorado a realizar estudios geológicos en España, en zonas de Aragón, Baleares y la Cordillera Ibérica, entre otras. Uno de los discípulos fue precisamente Agustin Larrazet, quien disfrutó de una beca doctoral en el laboratorio de paleontología de la École Normale d'Instituteurs, en Argel (Argelia). Larrazet presentó la tesis doctoral “Recherches géologiques sur la région orientale de la province de Burgos et sur quelques points des provinces d’Alava et de Logroño” en 1896, casualmente el mismo año en el que se inauguraban las obras del ferrocarril minero en Ibeas de Juarros (Burgos). Vivió en nuestro país durante más de dos años para realizar sus tareas de campo y tuvo una agradable acogida por parte de los lugareños, quienes se referían a Agustin como el que buscaba “piedras dibujadas” en el campo. En cuanto a sus observaciones en los alrededores de la ciudad, se refiere al “islote de Atapuerca” como la zona delimitada entre los pueblos de Rubena, Olmos, Atapuerca, Zalduendo y Villalval, y que estaría rodeado por materiales terciarios y cuaternarios. Sin embargo, el aspecto más interesante es la interpretación, que sepamos por vez primera, de la sierra de Atapuerca como un gran pliegue anticlinal, con sendos flancos inclinados al noreste y suroeste respectivamente (ver figura). Las calizas cretácicas que constituyen la mayor parte de la Sierra reaparecen al suroeste, observa Larrazet, aunque estos con una extensión muy reducida. De esta forma, este autor señala el “islote de Espinosa de Juarros”, que según él correspondería a otro anticlinal que enlazaría con el de Atapuerca. Con ello interpreta que la zona comprendida entre ambos “islotes” dibuja un “geosinclinal” (término en desuso pero popular en aquello tiempos), el cual estaría ocupado por pudingas, margas y arcilla con yeso (de edad Aquitaniense) y por el Cuaternario. La geología de la sierra de Atapuerca y alrededores es algo más compleja, como sabemos, sin embargo, Agustin Larrazet es merecedor de un reconocimiento por la elaboración hace casi 125 años del primer esbozo sobre su estructura geológica. Nunca habría imaginado quien buscaba “piedras dibujadas” en Burgos el legado de sus sutiles observaciones.