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Ayudas de investigación de la Fundación Atapuerca


Dersu Gucumatz García Condes es antropólogo y beneficiario de una ayuda predoctoral a la investigación Bankia de la Fundación Atapuerca

Explicar por qué decidí ser antropólogo no suele ser fácil en más de un sentido. En mi caso, no solo tiene que ver con la academia, sino con mi modo de vida, e incluso también con mi familia.

Tuve un tío que era antropólogo físico, aunque el nombre de su profesión y lo que ello significaba lo descubrí mucho después. Las conversaciones que tenía con él siempre llevaban a la observación de los grupos humanos, sus organizaciones, su desarrollo, su comportamiento… para él todo era antropología. En general, lo que pudiera ser observado en las poblaciones humanas podía estudiarse desde la antropología. Él además era corredor, así que mucho de lo que aprendía sobre la biología humana iba de la mano del deporte, por lo que siempre contaba referentes empíricos para comprenderla. Como he mencionado, hasta ese momento yo aún no sabía cuál era su profesión, pero ya entonces podía vislumbrar que, más que una profesión, era una forma de ver el mundo.

Cuando terminé el bachillerato no tenía muy claro qué era lo que quería estudiar, y decidí empezar una licenciatura que poco tiene que ver con la antropología. Durante esos años, una buena amiga determinó que quería estudiar antropología física, así que cuando ella me contaba todas las cosas nuevas que aprendía, yo me emocionaba mucho y aumentaba mi curiosidad sobre el alcance que tenía esa disciplina, que sin querer yo ya conocía, pero apenas podía nombrarla formalmente. Al final ella se dedicó a otra cosa, y el año siguiente yo comenzaba la carrera de Antropología Física en la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

Durante la licenciatura, tuve la fortuna de contar con docentes que siempre lograban transmitirme la pasión por sus temas, desde la tafonomía, hasta la primatología, las teorías evolutivas, la paleoantropología y la historia de la antropología. Esto siempre fue una gran motivación para seguir aprendiendo y ampliar los horizontes tan peculiares que tiene la antropología, que no solo trata sobre la biología humana y la evolución, sino con todo el contexto en el que vivimos y nos desarrollamos.

En mis últimos años de carrera, el doctor Jorge Gómez-Valdés me sugirió un tema para mi tesis (en México uno de los requisitos para obtener el grado de licenciado es realizar un trabajo de este tipo) que tenía que ver con la forma del canal de parto en homínidos y morfometría geométrica. A partir de ahí, mis intereses se han centrado en lo relativo a la pelvis humana y los cambios que le suceden en la evolución.

Mientras cursaba los estudios de maestría tuve el privilegio de realizar una estancia de investigación en el Laboratorio de Evolución Humana de la Universidad de Burgos, con el doctor José Miguel Carretero y parte del equipo del laboratorio. Así fue como pude conocer más profundamente los yacimientos de la sierra de Atapuerca. En ese periodo, conocí al doctor Juan Luis Arsuaga, quien más adelante se convirtió en mi actual director. También tengo que agradecer a la Fundación Atapuerca la ayuda a la investigación que he recibido para abordar mi tesis doctoral.

Desde las conversaciones con mi tío cuando yo era pequeño, y también con el doctor José Luis Vera (mi profesor de paleoantropología en México), siempre surgía el nombre de Santiago Genovés, por sus trabajos sobre antropología del comportamiento, así como por sus experiencias personales con él. La primera vez que me entrevisté con Juan Luis Arsuaga también surgió el mismo nombre durante la conversación, pues su tesis doctoral “Diferencias sexuales en el hueso coxal” tiene todo que ver con lo que yo estudio a día de hoy.

Hasta ahora, sigo creyendo que la antropología es una forma de ver el mundo, que, por supuesto, construí no solo desde la academia, sino, como se puede ver, por las relaciones familiares y de amistad en las que tuve la fortuna de crecer.